Primera parte: ¿Cómo poner límites efectivos?: la importancia de la conexión.

Vivimos la crianza desde el ‘todo o nada’

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La crianza, en gran parte tiene que ver con nuestros propios paradigmas y creencias. Es por eso que nuestro punto de partida es escuchar nuestra historia y las experiencias de crianza que tuvimos. Si la gran mayoría de las veces, la disciplina y la norma se asocian al ‘deber hacer’, nuestra propia definición dependerá de si ‘el deber’ lo interiorizamos como algo positivo o negativo.

Levándolo a un ejemplo concreto, existen ma/padres que tienen la creencia de que si no ‘ponen freno’ a todos los impulsos; sus hijos serán un ‘tiro al aire’. Por el contrario; si en su vida han experimentado el ‘deber’ como algo negativo, nos encontramos frente a padres que tienen la creencia de que ‘dejarlos hacer’ todo lo que quieran, es la mayor muestra de amor y de tolerancia a sus personalidades. Si bien, estos son los niveles más extremos, la mayoría de las personas buscamos un equilibrio entre un extremo al otro: no queremos restringirlos demasiado, porque no queremos doblegarlos, pero tampoco queremos que hagan todo lo que quieran; porque entendemos que en eso, hay un riesgo también.

Buscar este equilibrio sin saber qué pedir abruma, desorienta, y entorpece la disciplina. ¿Por qué?. Porque nos volvemos menos claros y terminamos midiendo las conductas de los niños desde un estándar muy ambiguo que es ‘portarse bien’.

No es lo mismo ‘portarse bien’ que ‘delimitar el hacer’.

Llevándolo a las relaciones entre los adultos, portarse bien es súper relativo: aunque compartiéramos entre todos un sólo concepto universal, es absolutamente imposible ‘portarse bien’ con todo el mundo. Si lo extrapolamos a las relaciones laborales o a las relaciones de pareja, aunque tuviéramos la mejor de las intenciones, la expectativa es distinta: yo puedo creer que me porte ‘súper bien’ contigo, sin embargo, si es que ambas partes no establecimos reglas claras y consensos, la probabilidad de errar es altísima.

Para que yo me porte bien contigo, por una parte; necesito tener la disposición y el ánimo de hacerlo, y por el otro lado, entender las expectativas que tienes sobre mí. Si tus expectativas exceden mis capacidades, por más que tenga la intención; me abrumo. Si me pides las cosas de mala gana, por más que tenga la capacidad; me rebelo. Es así como funcionamos desde nuestra naturaleza humana, y esto no es distinto en el caso de los niños.

Siguiendo esta línea, muchas veces los adultos no nos portamos siempre bien con los niños; en parte por cansancio, y sobre todo, porque la crianza es un desafío enorme y algo nuevo. Cada vez que no conectamos con sus necesidades, que nos volvemos impacientes y nos irritan sus conductas por tomarlas algo personal, nos portamos mal también.

Generalmente, cuando una situación nos saca de las casillas con un niño, el error más común que cometermos es dar por hecho que él entiende nuestra necesidad, sin embargo, esto no tiene porqué ocurrir, ya que la empatía es una capacidad cognitivo-emocional que se desarrolla durante toda la infancia. Por otro lado, cuando a un niño le pedimos constantemente que utilice recursos que usamos los adultos, le estamos exigiendo sin conectar con su lógica infantil.

Olvidamos también que los niños son concretos: cuando utilizamos demasiada lógica y explicaciones largas y abstractas los ‘adultizamos’, esperando que comprendan una norma desde nuestra visión adulta, y no desde su proceso de maduración cognitiva.

¡Para que los adultos y los niños comencemos a ‘portarnos bien juntos’ existen los límites!

Los límites entonces, son la estrategia que nos permite ‘delimitar’ nuestro hacer, se definen y se modifican en una relación (vínculo); donde hay normas de convivencia que se experimentan como un WIN-WIN , y dada esa sincronía, se respetan. En el caso de los niños, no sólo es delimitar, sino también modelar su desarrollo socioemocional a través del ejemplo, lo cual los ayudará a predecir mejor el mundo (sobre todo frente al riesgo) y a regular sus emociones.

Un ejemplo que me encanta:

Son las 7 de la tarde, llegamos de la oficina cansados y lo único que queremos es acostar temprano a los niños para poder tener un momento de relajo. Benjamín está jugando feliz, la mamá y el papá están en la casa y les pide constantemente hacer una torre de figuritas. Son las 7:30 pm y ya no es hora de prolongar el juego. Como todos los días, le decimos: ´Benjamín, ya es hora de bañarnos’. Benjamín se enoja y dice: ‘no, juego mamá’. Respondemos: ‘mañana jugamos otro ratito: ahora a bañarnos’. Benjamín se impacienta y contesta con voz de enojo: ‘Agua no, ¡torre!’. Creemos que nos está desafiando nuestra paciencia. La escena ya saben cómo termina.

Desde una crianza autoritaria, la situación se aborda con un gran ‘te vas al agua ahora! (que termina con llanto o desborde del ma/padre o del hijo); desde una crianza más permisiva: ¿Quieres bañarte? (Cuya respuesta lógica es no).

Desde un límite efectivo, la pregunta es otra: ‘te vas con el patito o con el pescadito al agua?. Benjamín sabe que seguirá jugando y sentirá que puede elegir, porque le ‘delimitamos’ la elección. Nadie perdió la batalla. Fue un WIN-WIN.

¿Porqué un límite puede no estar siendo efectivo?:Porque a veces esta sincronía se pierde. ¿Qué hay que hacer entonces? revisar esos límites.

Un límite puede no estar siendo efectivo porque:

Hay un desajuste entre la norma y la edad del niño: Puede estar siendo un desafío muy grande, puede ser que la consecuencia ya no parezca relevante o que la experiencia les diga que no se cumple. Por ejemplo, ‘si no te quedas quieto, te vas a tu pieza’, (desafío muy grande), ‘si sigues saltando, te vas a caer’ (la consecuencia no parece relevante), ‘si te tragas el cuesco, te va a crecer un árbol en la guata'(realmente esto no ocurre, y ya se dieron cuenta).

– Hay un desajuste entre el contexto, el estado de ánimo predominante y la exigencia: Ejemplo; ir a un Mall, estar muchas horas (cansancio, hambre) y seguir la norma ‘no se piden dulces antes de la comida’. Seguramente, será difícil cumplir ese límite, porque hay una importante necesidad que no ha sido satisfecha. (Hay hambre, sueño y frustración de por medio).

-No se corroboró que los argumentos fueran adecuados para la comprensión del niño: Como cuando les decimos ‘siempre hay que compartir’ (argumento que opera desde la lógica). Cuando llega un niño desconocido que irrumpe y le quita un juguete, es normal que sienta rabia y frustración.

La comprensión de conceptos como ‘el tiempo’ aún no se desarrolla del todo (‘préstaselo, te lo va a devolver más rato’) , y los niños pasan por una fase normal de egocentrismo. Si consideramos estas dos variables, podemos hacer que repita como un loro lo que le enseñamos, pero cuando lo vive desde su experiencia, se desregula. Un límite nunca será efectivo si es que hay un episodio de desregulación (esto aplica tanto a los padres como a los niños).

Esto que leíste recién, es la introducción de algo que quiero mandarte de forma gratuita sobre este tema, pero para hacerlo más específico y útil, quisiera que fuera acorde a la edad de tu hijo(a).

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